Desde que se anunció la llegada de Sakarach a nuestro país, se levantaron las voces exigiendo un castigo ejemplar para uno de los delincuentes más odiados de la historia chilena. Una de las principales críticas se generó a partir del miserable televisor que tendrá en su celda y que podrá encender para ver algún noticiario, novela o partido de fútbol. Muchas personas creen que para que las cárceles cumplan su cometido deben ser una especie de mazmorra, catacumba, un infierno de ladrillo. Lugares con poca luz, una cama dura, baños podridos y olor a humedad. La sociedad ha asumido que el castigo consiste en mantener al delincuente en las peores condiciones posibles, sobreviviendo con lo mínimo, viendo cómo se van consumiendo de a poco sus fuerzas, sus músculos, su forma. Pero, lo cierto es que la verdadera sanción es otra. Una que sólo la percibe el afectado, que cala lo más profundo del ser humano, que va carcomiendo la dignidad, la percepción de ser persona, que destruye la lógica de la vida en sociedad, la conciencia del otro, el don de la palabra, del intercambio de ideas, la capacidad para entregar cariño, para decir te quiero, gracias o regalar un simple hola. Un castigo que denigra, que duele y que enferma lentamente. Un castigo tal, que al lado de él, la oscuridad, el encierro, la comida de segunda clase y la podredumbre del lugar resultan sólo un detalle.
Desde esta perspectiva, ¿el televisor tiene alguna importancia? ¿
